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lunes, 20 de noviembre de 2006

LA ALDEA EN LA CUEVA


    Llegó el momento, al hacerse regulares mis visitas a KarKomA, de pensar en buscarme mi propio alojamiento. Mi gran amigo Elder fue de gran ayuda a la hora de encontrarlo. Él me habló de una aldea cercana de gran belleza edificada dentro de una gran caverna natural que daba directamente al mar. Me hablo de la laguna que copaba gran parte de la cavidad, el Lago Interior, lo llamaban. De allí partían intermitentemente las barcas pesqueras de la aldea y volvían por la noche a rebosar de pescado fresco, marisco y esponjas. En los pequeños muelles donde atracaban, las mujeres de los pescadores zurcían las redes para sus esposos. Los niños canturreaban asomándose a las barandas de madera blanca y pulida que impedían a cualquiera caer al agua. Desde ellas podías ver los globos cristalinos alineados a los lados de la laguna y que de noche adquirían una iridiscencia azulada señalando el camino a las barcas que llegaban después del ocaso.
    Pasado el lago y excavado en la roca viva a varias alturas las casas se apretaban unas a otras. Podrías esperar que fuesen simples cavernas menores, pero no. Cada vivienda había sido construida íntegramente, desde sus cimientos a sus tejados, dentro de huecos abiertos en la pared, con piedra basáltica gris y lisa. Una puerta y dos ventanas, una a cada lado. Y encima de cada dintel de cada entrada, dos globos de esos iridiscentes de la laguna.
    No pude resistirme a la paz y la tranquilidad que emanaba. Y apalabre el usufructo de la tercera casa, empezando por la derecha, del segundo nivel. Cuando paso temporadas largas en KarKomA dormir acunado por las olas del mar. Y en los ratos de tedio nada me llena más que montar mi caballete en sus cercanías y plasmar la belleza de sus paisajes.
    Siempre estaré en deuda con Elder por mostrarme este pequeño paraíso. Y por cierto no si visitáis la no dudéis en acudir a las cenas y tertulias que cada viernes se celebran en mi hogar. Siempre seréis bienvenidos.

Nefando


domingo, 19 de noviembre de 2006

LA OTRA CIUDAD


 

    Me hallaba yo deambulando por los pasillos de cierto ministerio por razones que ahora no vienen a cuento, cuando KarKomA me atrapó sin darme tiempo a reaccionar. Sólo capté el cambio de las paredes, que eran de yeso pintado de ocre pastel, y que mutaron a mármol con incrustaciones de alabastro. Antes de poder hacerme la idea de tal transformación, una algarabía de voces retumbó a mis espaldas. Me giré y vi un tropel de ciudadanos, muchos de los cuales conocía de vista, corriendo hacia mí. Paré a uno de ellos y le pregunté el motivo de tanto alboroto. Haciéndome señas me invitó a seguirle, cosa que hice.
    Cuando alcanzamos una de las amplias terrazas noté un zumbido grabe y cada vez más intenso. Miré hacia donde se me antojó que procedía, hacia el cielo. Mi maxilar inferior calló fláccido de la sorpresa. Sobre nuestras cabezas se vislumbraba un peñasco de proporciones titánicas. Se acercaba aminorando su velocidad con la intención patente de situarse sobre nosotros. He de decir que nos hallábamos en el Palacio de los Silencios, un edificio digno de cualquier rey y vacío al carecer KarKomA de monarca, situado en el centro de la ciudad. Lo más fabuloso lo constituía la edificación que coronaba la gran roca. Un palacete construido con piedra caliza y rojiza. De grandes almenas coronadas con bóvedas de cobre bruñido que centelleaban contra el cielo azul. La estampa me recordó al Taj Majal de nuestro mundo, solo que ensangrentado por yo qué sé que desgracia.
Entre nosotros también se hallaba Nestor, el posadero, que me ilustró sobre tal creación. Esto me contó:
    Era la Ciudad En las Nubes. En ella se traían los suministros para que KarKomA se mantuviese abastecida. Navegaba por otras corrientes diferentes haciendo incursiones en las zonas de la memoria colectiva. Allí recogía los diferentes artículos que almacenaba. Cada vez que alguien olvidaba donde había dejado algo o perdía un recuerdo de algún objeto que había visto alguna vez, se debía a que La Ciudad lo había incorporado a sus despensas.
    Al igual que todos pasé el resto del día descargando paquetes de mercancías. Desde los más normales, cerveza, vino, pan, viandas variadas a las más exóticas, oro, especias, las plateadas piedras de G´nar y otras muchas. La jornada acabó en la posada, como siempre, bebiendo mientras escuchaba relatos de otros viajeros. Mirando por la ventana, incapaz de contenerme, como los rayos del sol poniente rompían en las bóvedas cobrizas de la Ciudad En Las Nubes.

Nefando


sábado, 18 de noviembre de 2006

DE ARCHION Y WATUU


              De aquella primera visita a la Posada de la Esquina recuerdo la charla que mantuve con Archion. Me dió muy buenos consejos he indicaciones de todo lo que en Ciudad KarKomA era de interés o implicaba algún grado de peligro. En sucesivas visitas a la posada llegó un momento que eché a faltar su presencia y al preguntar por él me enteré de su ocupación. Ya fuese por vocación propia o consentimiento del resto de los ciudadanos, sobre sus hombros recaía la responsabilidad de vigilar atentamente cualquier peligro que acechase a la comunidad. Y ciertamente lo cumplía con gran celo, pues aún no me he visto en ningún altercado considerable.
               No hará tanto que volví a coincidir con él. Lo encontré bebiendo solo en una mesa y me acerqué con la intención de hacer su velada más llevadera.
               Me recibió con los brazos abiertos y al preguntarle me dijo que esperaba a Watuu, un pastor. Con tono jovial le reproché que no era propio de un guardián como él malgastará el tiempo con simples pastores.
               Archion me miró con una mezcla de enfado y resignación en su semblante. Pude adivinar sus pensamientos un segundo, ¡Ignorante! Tomó un largo trago de su copa y comenzó a narrarme algo insólito:

          “Has de saber lo que es bien conocido en toda la ciudad – su voz se alzó solemne – y habrás de olvidarlo. El olvido nos ha pasado factura demasiadas veces, pero aprendemos de cada error. En los tiempos antiguos los dragones asolaron estas tierras. Cada ataque era más feroz que el anterior y cada día despertaban más reptiles. El cielo se nublaba con la sombra de sus siluetas o se iluminaba con sus fuegos. Cuando la situación alcanzó su punto más dramático, cuando para todos la única opción era marchar a un lugar lejano y seguro, apareció el salvador. No era otro que Gunthar, un joven pastor, que armándose de valor partió a la tierra de los dragones para averiguar la razón de tanta desolación. Al tercer día los ataques cesaron y al cuarto regresó el héroe a lomos de una de las bestias.

No dijo como consiguió parar aquella guerra pero si el precio. El permanecería con ellos para comunicarnos cualquier mensaje de los dragones. Viviría con ellos el resto de su vida, y también sus hijos y los hijos de sus hijos. Dicho esto desapareció con su montura y cumplió su palabra. Raramente se volvió a ver. Siempre portando las misivas que sus nuevos compañeros le daban. Y aún vivimos en paz con ellos”

             Yo permanecí absorto ante sus palabras. Hipnotizado por su cadencia, ahogado en su mensaje. Cuando acabó apuró su copa ávidamente y concluyó con un comentario fugaz:

            - Watuu es nieto de Gunthar.


Nefando